El mayor cumplido
Una charcutería, un sándwich y la dulzura de un padre
Su madrastra esperaba en el coche, conectada al oxígeno, demacrada de cuerpo, pero de espíritu infatigable. La quimio, la diálisis, la neumonía, los huesos rotos, incluso la reanimación tras la muerte le habían pasado factura. Su padre estaba en casa, a pocos años de ser centenario. El ejercicio regular, la costumbre de tomar suplementos desde joven y una curiosidad infantil le habían servido de mucho, aunque sus reservas de optimismo se ponían a prueba como cuidador de una mujer a menudo irascible trece años menor que él.
Cuando iba de visita, el hijo menor alternaba los traslados a diálisis, las citas con el médico, las visitas a urgencias y el trabajo en el jardín. El espíritu irreverente y las ganas de vivir de ambos daban pie a comidas y cafés con amigos. Su momento favorito era charlar de todo y de nada con su padre, delante de un café.
El hijo menor vivía fuera, como sus hermanos mayores, pero iba a verlos tan a menudo como podía.
La charcutería era una de sus paradas favoritas, pero la gente del mostrador no conocía al hijo menor.
La cola era corta. El cliente de aspecto sombrío que le precedía parecía un hombre de mediana edad y de éxito, con un reloj de moda; quizá demasiado de moda y demasiado exitoso para ser amable. Sacudió la cabeza con impaciencia y tamborileó con los dedos en el mostrador. La cajera respondió a su brusquedad con una sonrisa amable que asomaba bajo sus dulces ojos almendrados.
Luego se volvió hacia el hijo menor.
—¿En qué puedo ayudarle?
Ansioso por compartir un poco de amabilidad, la saludó, sonrió e hizo su pedido.
—Me recuerda a su padre —dijo ella.
—Es su forma de hablar y de moverse. Es usted tan dulce como él.
Él la miró a sus ojos marrones, completamente sin palabras.
Ella le entregó el sándwich.
—Pavo asado, tomate y mayonesa en pan de centeno. Un té helado pequeño, sin azúcar.
Él la miró con los ojos anegados en lágrimas.
—Es el mayor cumplido que nadie me ha hecho nunca —dijo él, con los labios temblorosos.
A story by Pemba Umoja