El arte del aburrimiento
Un aula, un bucle, una elección
—Bienvenidos a clase. Entrad. Tomad asiento, o tumbaos en el suelo si lo preferís. Podéis sentaros con las piernas cruzadas también, o incluso con las piernas estiradas. Ambas opciones valen. De hecho, podéis sentaros, tumbaros, poneros de pie o hacer alguna variación. La posición de vuestro cuerpo es como un lienzo en blanco. Vuestras extremidades, cabeza y torso son como las pinturas de una paleta.
—Perdone, señor. Perdone, profesor.
—Sí.
¿Cuándo va a empezar la clase?
—Bueno, hijo, ya ha empezado.
—También hay sillas y bancos a vuestra disposición. Y aquella mesa del fondo está libre. Pero, por favor, evitemos una estampida. No quiero ver a ninguno de mis alumnos pisoteado hoy.
—Ah, y por cierto, casi se me olvida. No olvidéis respirar. Y esto es un extra. De hecho, podéis cambiar de postura. ¿Sabéis a qué me refiero?
—No —preguntó una pelirroja tímida que estaba tumbada boca arriba.
—Bueno, podéis, por ejemplo, ir a otro lugar de la sala, doblar una extremidad, girar la cabeza. Poneros de pie.
—Y esta es la parte divertida. Podéis hacerlo tan a menudo como queráis.
Un hombre mayor con una larga barba gris se levantó y se puso a bailar.
—Ja, ja, eso es. También podéis hacer un movimiento continuo.
La pelirroja se levantó y empezó a mover las caderas.
—No se necesita hula-hoop —rio el profesor—. Eso es. Lo estáis pillando.
Entonces, el chico que había preguntado cuándo iba a empezar la clase se levantó y se puso a dar saltos, aplaudiendo.
—¡Saltos con palmadas! ¡Eso sí que es inventiva!
—Ah, y aquí va un dato muy divertido. Una vez que terminéis con el movimiento continuo, podéis volver a sentaros, poneros de pie, tumbaros, etcétera, etcétera.
—Es como un bucle. La parte divertida es que vosotros decidís. La pelota está en vuestro tejado. ¿Entendido?
Todos los alumnos asintieron con entusiasmo.
—Pero, ¿cómo sé cuándo parar? —preguntó la pelirroja, apenas pudiendo articular palabra entre los giros de cadera.
—Esa es la mejor parte de todas —declaró el profesor, triunfante.
—Simplemente, lo haces.
¡Simplemente, lo harás!
A story by Pemba Umoja